Hay cumpleaños que se celebran con una tarta.
Y hay cumpleaños que se celebran mirando fotografías viejas.
Este año hice un panel de corcho y empecé a pinchar fotos de mi vida.
Una de bebé en un carrito con una gorra enorme.
Otra con mi madre de vacaciones.
Mis abuelos, mis hermanos
Mi moto.
Veranos en la piscina.
Viajes.
Personas que ya no están y personas que siguen estando.
Y mientras colocaba cada fotografía me di cuenta de algo: una vida no se mide en años. Se mide en historias.
Cuarenta y cinco vendimias
Siempre me ha gustado pensar en los años como vendimias.
Quizá porque vivo rodeada de viñas y porque la palabra tiene algo que va mucho más allá de cumplir años.
Una vendimia habla de tiempo. De esperar. De trabajar. De recoger.
De disfrutar lo que ha dado la tierra.
Y también de aceptar que no todas las cosechas son iguales.
Cuarenta y cinco vendimias son eso.
Cuarenta y cinco cosechas de momentos.
Algunos extraordinarios.
Otros difíciles.
Muchos completamente cotidianos.
Pero todos forman parte de cómo somos hoy.
Una fotografía nunca cuenta una sola historia
Las fotos tienen una magia curiosa.
No recuerdan solo quién eras.
También te recuerdan todo lo que has sido capaz de vivir.
Una fotografía puede parecer simplemente una imagen de unas vacaciones y, de repente, alguien dice: «¿Te acuerdas de aquel día?»
Y aparece una historia que creías olvidada.
Una persona, una conversación, una canción, un olor, una sensación.
Y entonces esa fotografía deja de ser una fotografía.
Se convierte en una puerta a los recuerdos de toda una vida.
A veces necesitamos ver nuestra vida desde fuera para darnos cuenta de todo el camino que hemos recorrido.
El tablero se fue llenando
Mientras colocaba las fotos, el panel empezó a convertirse en algo más que una colección de recuerdos.
Era una especie de mapa.
Ahí estaba la niña que fui.
La hija.
La hermana.
La nieta.
La chica de la moto.
La que viajaba.
La que se reía en la piscina.
La que todavía no sabía todo lo que iba a pasar.
Y también estaba la mujer que soy ahora.
Con otras preocupaciones.
Otros sueños.
Otras responsabilidades.
Y muchas más historias que aquella niña jamás habría podido imaginar.
Lo bonito fue compartirlo
Este fin de semana, alrededor de ese panel, hubo abrazos, risas y muchas conversaciones sobre recuerdos que yo misma tenía casi olvidados.
Y ocurrió algo que me encantó.
Cada persona encontraba una historia distinta en la misma fotografía.
Lo que para mí era un recuerdo concreto, para otra persona significaba otra cosa.
Una imagen podía llevarnos a un verano.
A una persona.
A una anécdota.
A una época.
Y entonces entendí que nuestros recuerdos tampoco nos pertenecen del todo.
También viven en las personas que estuvieron allí.
No quiero una vida perfecta
Quizá crecer consiste un poco en eso.
En dejar de perseguir una vida perfecta y empezar a querer la vida completa.
Con sus etapas bonitas. Con las que costaron más. Con las personas que llegaron. Con las que se fueron.
Con las decisiones acertadas y con las que hoy tomaría de otra manera.
Con los viajes que hice y los que todavía no he hecho.
Con los proyectos que funcionaron y los que se quedaron por el camino.
Con todo.
Porque cuando miras un tablero lleno de fotografías no ves una vida perfecta.
Ves una vida vivida.
Y creo que prefiero eso.
“No quiero una vida perfecta. Quiero una vida que merezca la pena recordar.”
Que todavía queden muchas fotos por hacer
Así que este es mi deseo para estas 45 vendimias:
Seguir llenando el tablero. Con viajes improvisados. Proyectos nuevos.
Personas que sumen. Sobremesas largas. Música. Vino. Bodas. Despedidas cuando toque. Y bienvenidas cuando lleguen.
Quiero seguir acumulando historias.
No porque necesite demostrar nada, simplemente porque todavía me quedan muchas ganas de vivir.
Y porque, si algo me ha enseñado este panel, es que nunca sabes qué fotografía terminará siendo importante dentro de veinte años.
Cuarenta y cinco años.
Cuarenta y cinco vendimias.
Y un panel que, por ahora, todavía tiene espacio.
Me gusta pensar que ese espacio vacío no representa lo que falta.
Representa lo que todavía puede pasar.
Dentro de unos años quizá tenga que buscar otro corcho más grande.
Habrá fotografías que todavía no existen.
Personas que todavía no conozco.
Lugares en los que todavía no he estado.
Historias que todavía no sé que voy a contar.
Y me parece una manera preciosa de cumplir años.
No mirar solamente hacia atrás.
Mirar hacia delante con espacio para seguir llenando el tablero.
Porque todavía quedan muchas fotos por hacer.
Lo que me llevo de estas 45 vendimias
Que cumplir años no es solamente sumar, es acumular:
Personas.
Lugares.
Errores.
Risas.
Pérdidas.
Aprendizajes.
Abrazos.
Viajes.
Decisiones.
Historias.
Y quizá eso sea una vida: un tablero lleno de momentos que, juntos, cuentan quién hemos sido y quién todavía podemos llegar a ser.
