Hay días en los que me pregunto cuándo llega ese momento.
Ese en el que sientes que has encontrado tu sitio. Que todo lo que has hecho hasta ahora tiene sentido. Que puedes mirar hacia atrás y reconocer el camino recorrido sin sentir que todavía tienes algo que demostrar.
Porque parece que nunca termina de llegar.
Estudiamos para conseguir un trabajo. Trabajamos para adquirir experiencia. Acumulamos experiencia para acceder a nuevas oportunidades. Cambiamos, aprendemos y nos reinventamos.
Y cuando parece que ya hemos llegado a algún sitio, la vida mueve las piezas y volvemos a preguntarnos quiénes somos, qué sabemos hacer y qué queremos ser ahora.
Otra vez a empezar. Otra vez a explicarnos.
¿Dónde ponemos todo lo demás?
Llevo días pensando en el currículum. En ese documento que resume nuestra trayectoria en unas cuantas páginas, ordena los años, los puestos, las responsabilidades y los logros.
Intentamos condensar todo lo que somos en una versión que alguien pueda entender, valorar y, con un poco de suerte, elegir.
Pero ¿dónde ponemos todo lo demás?
¿Dónde anotamos las veces que hemos resuelto algo que parecía imposible? ¿Las decisiones difíciles? ¿La capacidad de levantarnos cuando las cosas no han salido como esperábamos?
¿Dónde dejamos constancia de los equipos que hemos coordinado, los problemas que hemos solucionado sin tiempo para pensar y las personas a las que hemos acompañado durante el camino?
¿Y qué hacemos con todo lo que hemos aprendido de nosotros mismos?
Quizá ese sea el currículum que más nos cuesta escribir. El que no se entrega en una entrevista, pero que necesitamos conocer para no olvidar de qué estamos hechos.
Lo llamamos experiencia, recorrido, aprendizaje.
A veces, simplemente, vida.
CUANDO LA EXPERIENCIA NO BASTA
Hemos aprendido mucho. ¿Pero quién llega a verlo?
Últimamente pienso también en amigos que, después de muchos años trabajando, están buscando una nueva oportunidad profesional.
Personas con experiencia, conocimientos y una trayectoria detrás. Personas que han demostrado su capacidad durante años y que, sin embargo, se encuentran intentando volver a entrar en un mercado laboral que no siempre parece tener sitio para ellos.
Y no puedo evitar sentirme parte de esa reflexión.
Cuando empezábamos, muchas veces nos faltaba experiencia. Ahora, después de años de trabajo, parece que tampoco basta con tenerla.
Los procesos de selección han cambiado. En muchas plataformas, los currículums pasan por filtros automatizados antes de que una persona llegue a leerlos. Estos sistemas pueden ayudar a gestionar candidaturas, pero también nos hacen preguntarnos cómo se representa una trayectoria profesional compleja en un documento que debe responder a determinados criterios.
¿Cómo explicas todo lo que has aprendido cuando nadie te pregunta cómo lo has aprendido?
¿Cómo cuentas que sabes resolver problemas, coordinar personas, anticiparte a lo que puede fallar o mantener la calma cuando las cosas se complican?
¿Cómo haces visible una experiencia que no siempre cabe en un cargo, una fecha o una lista de competencias?
A veces, lo más difícil no es tener que empezar otra vez.
Lo más difícil es sentir que empiezas desde cero cuando sabes que no partes de cero.
LO QUE NO APARECE EN EL CV
Hay capacidades que no tienen una casilla propia
En mi trayectoria profesional he aprendido muchas cosas que difícilmente habría podido adquirir solo estudiando.
He aprendido a tomar decisiones con poco tiempo, a coordinar equipos, a resolver imprevistos y a seguir adelante cuando los planes cambian.
He aprendido que no siempre hay una solución perfecta y que, en ocasiones, lo importante es encontrar una solución que funcione.
También he aprendido de los errores, de las conversaciones difíciles, de las personas con las que he trabajado y de las situaciones que me han obligado a cambiar de perspectiva.
Todo eso forma parte de mi experiencia.
Pero, ¿cómo se explica en un currículum?
Podemos escribir responsabilidades, resultados y competencias. Debemos hacerlo, además, si queremos que otras personas entiendan lo que sabemos aportar.
Sin embargo, hay una parte de nuestra trayectoria que solo se descubre cuando trabajamos con alguien, cuando afrontamos un problema o cuando tenemos que tomar una decisión que no admite demasiadas vueltas.
El talento no siempre se reconoce antes de tener la oportunidad de verlo en acción.
Y ahí está una de las grandes dificultades: conseguir esa oportunidad.
EL VALOR DE LO QUE YA HEMOS CONSTRUIDO
No quiero volver a presentarme desde cero
Hace poco, hablando con una amiga, empecé a pensar en mi propio currículum de valor.
Ella me dijo que no debería limitarme a enumerar trabajos ni a ordenar fechas. Que debía identificar qué sé hacer de verdad, qué puedo aportar, qué he construido durante todos estos años y qué parte de mí sigue teniendo sentido más allá de un cargo o de una empresa.
Pensé que sería un ejercicio profesional.
Y lo está siendo.
Pero también me he dado cuenta de que hay algo más personal detrás de todo esto: la necesidad de reconocer el camino recorrido sin esperar a que alguien de fuera venga a ponerle una nota.
Porque podemos tener experiencia y seguir sintiendo inseguridad.
Podemos haber demostrado nuestra capacidad muchas veces y necesitar volver a demostrarla una más.
Podemos estar orgullosos de lo que hemos conseguido y, al mismo tiempo, sentir vértigo ante lo que viene.
Una cosa no invalida la otra.
Quizá nos han enseñado demasiado a avanzar y demasiado poco a detenernos. A pensar en el siguiente objetivo, en la siguiente oportunidad, en lo que nos falta para llegar. Y no tanto en mirar lo que ya hay, lo que hemos aprendido y lo que somos capaces de hacer hoy que hace diez años ni siquiera imaginábamos.
CAMBIAR SIN BORRAR LO ANTERIOR
Empezar de nuevo no significa empezar de cero
Siempre hay algo pendiente. Una meta nueva. Una versión de nosotros mismos a la que aspirar.
Y claro que queremos crecer.
Cambiar de rumbo también puede ser emocionante. Descubrir nuevas capacidades, aprender algo diferente o encontrar otra manera de aportar valor forma parte de la vida profesional.
Pero ¿y si no necesitamos convertir cada cambio en una prueba de nuestro valor?
¿Y si podemos estar en una etapa de transición sin sentir que hemos perdido todo lo anterior?
¿Y si no tener todas las respuestas no significa que estemos en el lugar equivocado?
A veces buscamos ese lugar definitivo en el que todo encaje, como si encontrarlo fuera la prueba de que hemos hecho las cosas bien.
Y quizá la vida no funcione así.
Puede haber temporadas en las que nuestro lugar cambie, en las que tengamos que preguntarnos qué queremos, qué necesitamos y qué estamos dispuestos a dejar atrás.
Eso no borra lo que fuimos.
No elimina lo aprendido ni hace menos valioso lo que conseguimos.
Tal vez nuestro lugar no sea un destino al que llegamos una vez y para siempre. Tal vez sea algo que vamos construyendo, que cambia con nosotros y que, de vez en cuando, necesita una revisión.
EL CURRÍCULUM VITAL
El documento que también necesitamos escribir
Me gustaría aprender a no presentarme de cero cada vez que cambia el escenario.
A no olvidar todo lo que sé porque todavía no sé qué viene después.
A no confundir la incertidumbre con la falta de capacidad.
Por eso creo que necesitamos escribir otro currículum. Uno que no sustituya al profesional, sino que lo complete.
Un documento personal en el que podamos reconocer lo que hemos aprendido, las dificultades que hemos superado, las decisiones que nos han hecho crecer y las capacidades que hemos desarrollado sin darnos cuenta.
No para impresionar a nadie.
No para demostrar que somos mejores que otras personas.
Sino para recordar que nuestra trayectoria es mucho más que una sucesión de puestos de trabajo.
Porque detrás de cada currículum hay una persona. Una historia que no siempre ha sido lineal, aprendizajes que no se certifican y capacidades que quizá todavía no han encontrado el lugar donde puedan desarrollarse.
Y me parece importante no olvidarlo, especialmente cuando necesitamos volver a buscar una oportunidad y el silencio de las respuestas empieza a hacernos dudar.
NO PARTIMOS DE CERO
No sé si existe ese momento en el que sentimos que ya hemos llegado.
Quizá no sea necesario encontrarlo.
Lo que sí me gustaría es aprender a avanzar sin sentir que tengo que justificar constantemente el camino que me ha traído hasta aquí.
Seguir creciendo, sí.
Aprender cosas nuevas, también.
Cambiar de dirección cuando haga falta.
Pero sin borrar lo anterior cada vez que la vida nos plantea una pregunta diferente.
Porque una trayectoria no pierde su valor cuando termina un trabajo, cambia una empresa o aparece una nueva etapa.
Y una persona no deja de tener talento porque todavía no haya encontrado dónde demostrarlo.
Quizá no se trate de llegar a un punto en el que ya no dudemos nunca.
Quizá se trate de aprender a dudar sin olvidarnos de nosotros mismos.
Y tú, ¿tienes escrito tu currículum vital? Ese que no habla solo de cargos ni de fechas, sino de todo lo que has sido capaz de hacer, de aprender y de superar.
Ese que puedes releer cuando la vida te cambia las preguntas y necesitas recordar algo importante: no partes de cero.
