Hay un momento en todos los eventos que el público nunca ve.
Las luces ya están encendidas. El sonido ya está probado. El escenario está listo y los premios esperan en una mesa, perfectamente colocados.
En la sala todavía no hay aplausos.
Solo silencio.
Y, curiosamente, ese es uno de mis momentos favoritos.
Después de más de veinte años organizando eventos, sigo sintiendo algo especial cuando camino por un teatro vacío unos minutos antes de abrir puertas.
Es un silencio distinto.
No es ausencia de gente. Es un silencio lleno de trabajo, de nervios, de listas repasadas por última vez y de ese pensamiento que siempre aparece:
Que todo salga bien.
Un evento empieza mucho antes
El público llega cuando todo parece estar preparado.
Pero un evento empieza mucho antes.
Empieza cuando alguien prueba un micrófono una y otra vez hasta que deja de acoplarse.
Cuando se revisa un guion por última vez.
Cuando el equipo confirma horarios, entradas, camerinos, catering, acreditaciones y ese último detalle que, si falla, probablemente nadie recuerde.
Porque alguien lo solucionó antes de que ocurriera.
Y eso también es organizar eventos.
Lo que sucede entre bambalinas
Hay una parte de este trabajo que sucede entre bambalinas.
Es una palabra bonita: bambalinas.
Suena casi poética.
En realidad significa correr, coordinar, improvisar, respirar hondo y volver a salir con una sonrisa aunque por dentro lleves media hora apagando incendios.
Y me gusta que sea así.
Porque he aprendido que el éxito de un evento casi nunca se mide por las veces que alguien dice:
«Qué bonito.»
Se mide por todas las cosas que nadie llegó a notar porque funcionaron como tenían que funcionar.
Y eso, después de tantos años, sigue teniendo mucho valor para mí.
El mejor trabajo de un evento es muchas veces el que nadie llega a ver.
Ayer, en CORTEN
Ayer, durante la gala del Festival CORTEN, hubo un instante en el que miré desde un lateral del escenario.
La presentadora hablaba.
El teatro estaba lleno.
Los premios seguían esperando su momento.
Y pensé:
Esto es exactamente lo que me gusta de mi trabajo.
No el foco.
El minuto antes del foco.
Ese instante en el que todo está preparado, pero todavía no ha empezado para los demás.
En el que sabes que has hecho todo lo que estaba en tu mano.
Y ahora toca dejar que suceda.
Las butacas vacías también cuentan
Las butacas vacías forman parte del evento.
Igual que el equipo invisible.
Igual que las horas de preparación.
Igual que las llamadas.
Igual que las dudas.
Igual que ese trabajo que casi nunca aparece en las fotografías finales.
Cuando vemos una imagen de un evento lleno, con las luces encendidas y la gente disfrutando, vemos el resultado.
Pero yo sigo mirando también todo lo que hubo antes.
Quizás porque llevo demasiados años viviendo ese antes.
Y porque sé todo lo que puede ocurrir en esos minutos en los que aparentemente no ocurre nada.
“No me gusta el foco. Me gusta el minuto antes del foco.”
Y quizá por eso sigo aquí
Los aplausos se escuchan en la sala.
El público los disfruta.
El escenario se los lleva.
Pero muchas de las historias más bonitas suceden detrás del telón.
En una mirada del equipo.
En alguien que llega con una solución justo cuando hacía falta.
En un micrófono que finalmente funciona.
En una persona que respira tranquila porque sabe que todo está preparado.
En unas butacas que, cinco minutos antes, estaban vacías.
Y quizá por eso sigo aquí.
Porque me sigue emocionando ese momento en el que todavía no ha empezado nada… y, sin embargo, ya ha pasado muchísimo.
LO QUE ME QUEDO DE ESTE MOMENTO
Después de más de veinte años organizando eventos, sigo pensando que hay cosas que no necesitan aparecer en una fotografía para formar parte de una historia.
Las butacas vacías también forman parte del evento.
El silencio también.
El trabajo que nadie ve, también.
Y ese minuto antes de abrir las puertas, cuando todo está preparado y solo queda respirar, mirar alrededor y confiar… también.
