La única boda que nunca pude organizar como cliente

Después de 22 años organizando eventos, esta vez el evento era nuestro.

Este sábado me casé.

Todavía me cuesta escribirlo así.

Después de casi diez años juntos, Edu y yo decidimos formalizar nuestra historia.

Y había algo curioso en todo esto.

Yo llevo más de 22 años organizando eventos. Y él más de 10 años.

Sé lo que ocurre detrás de un escenario.

Sabemos cómo se monta un evento, cómo se coordina un equipo, cómo se prepara un horario y cómo se intenta que cientos de personas estén donde tienen que estar en el momento adecuado.

Así que podriamos haber organizado una boda siguiendo todos los manuales no escritos que existen.

Pero decidimos no hacerlo.

Y creo que ahí empezó la verdadera historia.


 

Nuestra boda no se parecía demasiado a una boda

Nos casamos en el Ayuntamiento a las 13:00 horas. 

Después nos fuimos de vermut por el pueblo.

La comida fue en petit comité, solo con la familia.

El resto de nuestros invitados se organizaron para comer por su cuenta.

Y después volvimos a encontrarnos todos para el café y el tardeo.

No hubo una gran estructura de boda convencional.

No necesitábamos tener a todo el mundo sentado en la misma mesa durante horas.

Queríamos celebrar.

Estar con nuestra gente.

Y hacerlo de una manera que tuviera sentido para nosotros.

Después de tantos años organizando eventos para otras personas, quizá esa fue la primera decisión realmente importante que tomé como protagonista: no organizar nuestra boda pensando en cómo debería ser una boda.

La organizamos nosotros

No hubo una empresa externa organizando nuestra boda.

La organizamos Edu y yo. 

Incluso creamos un grupo de WhatsApp que se llamaba: Boda modo ON.

Nos íbamos repartiendo tareas y compartiendo lo que había que hacer.

El problema es que nuestra vida profesional no decidió detenerse porque nos casáramos.

El miércoles y el jueves estuvimos trabajando en un catering para 800 personas en Ágreda, en Soria.

Así que muchas de las cosas de la boda se terminaron de cerrar prácticamente la última tarde. Y, curiosamente, funcionó.

Después de 22 años organizando eventos, descubrí que mi propia boda no necesitaba parecerse a ninguna de las que había organizado antes.

Mi cabeza de organizadora no se apagó

Sería mentira decir que el sábado dejé de ser organizadora.

Hubo una cosa que tuve muy presente durante todo el día: que todo fuera en hora.

Ese reloj interno no desaparece después de tantos años. 

Y hubo otra cosa que me costó especialmente dejar de controlar: el personal.

Supongo que era inevitable.

Estoy acostumbrada a coordinar equipos, anticiparme a problemas y comprobar que todo funciona.

Pero esta vez tenía que hacer algo diferente.

Confiar. 

No porque no supiera hacerlo.

Sino porque si quería disfrutar, tenía que aceptar que no podía estar pendiente de todo.

Y Edu estaba nervioso

Edu estaba nervioso.

No paraba de decirme que estaba feliz.

Que todo estaba saliendo como queríamos.

Y me gusta recordar esa parte porque esta boda no era solo mi experiencia.

Era la nuestra.

Los dos habíamos organizado.

Los dos habíamos decidido.

Los dos habíamos imaginado cómo queríamos vivir ese día.

Y los dos terminamos descubriendo que, cuando llega el momento, lo importante no es comprobar si todo ha salido exactamente según el plan.

Es mirar al otro y saber que está feliz.

Y entonces empezó a llover

A mares.

En cualquier otro evento probablemente habría empezado a pensar inmediatamente en alternativas, tiempos, espacios, movimientos y planes B.

Esta vez pasó algo bastante curioso. Nos dio igual. Seguimos disfrutando.

Y quizá ese fue uno de los aprendizajes más importantes del día.

Después de tantos años trabajando para que las cosas salgan como están previstas, entendí que una experiencia no tiene por qué salir exactamente como la habías imaginado para ser buena.

A veces simplemente tienes que dejar que suceda.


 

Una mesa, un menú y nuestra gente

De todo el día, una de las partes que más disfruté fue comer en la lonja.

La mesa cuidada al detalle. 

Un menú sencillo.

Nuestra familia.

Sin necesidad de complicarlo.

Quizá porque después de tantos años organizando eventos he aprendido que una experiencia no necesita tener más cosas para ser mejor.

Necesita tener sentido.

Y aquella comida lo tenía.

Era nuestra.

“Después de tantos años organizando eventos, creo que a veces damos demasiada importancia a que todo sea perfecto y demasiado poca a dejarnos llevar.”

Cuando llegamos a casa

Al terminar el día no pensé en lo que había salido mal.

Ni en lo que habría podido organizar de otra manera.

Pensé: Qué a gusto habíamos estado.

Y pensé en nuestros invitados. En lo bien que lo habían pasado.

Para nosotros, el regalo era tenerlos allí. Eso era suficiente.

Pero nuestros amigos decidieron ir un poco más lejos.

Nos regalaron un crucero para que desconectemos.

Y Lucia, la cocinera, nos sorprendió todavía más: dejó la lonja limpia antes al día siguiente.

Después de tantos años organizando eventos, quizá no podía haber tenido un cierre más bonito.

Esta no fue la boda perfecta.

Llovió. Hubo nervios.

Hubo cosas que seguramente ocurrieron de una manera diferente a la que habíamos imaginado.

Y, sin embargo, fue exactamente nuestra boda.

Una boda en el Ayuntamiento. Un vermut por el pueblo. Una comida pequeña con la familia. Nuestros amigos haciendo su propio plan.

Y todos juntos después para el café y el tardeo. 

No necesitábamos una boda de manual. Necesitábamos un día que se pareciera a nosotros.

Y quizá ese sea el aprendizaje que me llevo después de organizar mi propio evento: la perfección puede ser una expectativa.

Pero sentirse a gusto con lo que estás viviendo es otra cosa.

Y cuando llegamos a casa, eso era exactamente lo que sentíamos.

Que habíamos estado muy a gusto. Que nuestra gente había disfrutado.

Y que, por una vez, yo no necesitaba saber qué iba a pasar después.

Solo necesitaba haberlo vivido.

Lo que aprendí de organizar mi propia boda

No hace falta que una experiencia sea perfecta para ser memorable.

A veces hay que dejar de mirar el reloj.

Dejar de controlar al equipo.

Aceptar que puede llover.

Aceptar que algo puede cambiar.

Y mirar alrededor.

Porque al final no recuerdas si todo ocurrió exactamente a la hora prevista.

Recuerdas quién estaba.

Cómo te sentiste.

Las conversaciones.

Las risas.

Los abrazos.

Y ese momento en el que llegas a casa y piensas:

Qué bien hemos estado.

Quizá eso sea, después de todo, organizar una experiencia:

crear algo que, cuando termina, te apetezca recordar.