Cuando el evento termina, ¿qué queda?

Hay un momento en todos los eventos del que hablamos muy poco.
Cuando termina.
Se van los invitados.
Se apaga la música.
Se desmontan las mesas.
Se recogen las últimas cosas.
Y poco a poco, el espacio vuelve a parecerse a lo que era antes.
Durante horas todo ha estado lleno de gente, ruido, luces, conversaciones y movimiento.
Y de repente queda silencio.
Después de más de años organizando eventos, creo que ese momento también forma parte de la experiencia.
Quizá más de lo que pensamos.

CUANDO TODO SE APAGA

El evento termina, pero tú tardas un poco más

Para el público, muchas veces el evento termina cuando se marcha.

Para quien lo organiza, no.

Todavía queda recoger. Comprobar. Desmontar. Guardar. Preguntar si todo ha ido bien.

Resolver ese último detalle que aparece cuando parecía que ya estaba todo terminado.

Y después llega el coche de vuelta.

Ese momento en el que el cuerpo empieza a notar el cansancio y la cabeza todavía sigue repasando lo ocurrido.

¿Ha salido bien?

¿Todo el mundo ha estado a gusto?

¿Hubo algún problema?

¿Qué habría hecho diferente?

Es una especie de resaca emocional.

El evento ha terminado, pero tú todavía estás allí.

EL SILENCIO DESPUÉS

Me gusta especialmente ese momento de silencio.
Quizá porque contrasta muchísimo con las horas anteriores.
Hace un rato había cientos de personas.
Ahora quedan algunas cajas.
Alguna silla.
Un escenario que empieza a desmontarse.
Y personas cansadas haciendo que todo vuelva a desaparecer.
Es curioso.
Puedes dedicar semanas a construir un espacio para que durante unas horas parezca que siempre estuvo allí.
Y después, en poco tiempo, desaparece.
Como si nunca hubiera ocurrido.
Pero sí ocurrió.

LO QUE NO DESAPARECE

Porque algo siempre queda

Después de tantos años he aprendido que un evento no desaparece del todo cuando se desmonta.

Quedan las fotografías.

Las conversaciones.

Una anécdota.

Una persona que te dice algo que no esperabas.

Un mensaje al día siguiente.

La sensación de haber conseguido sacar adelante algo complicado.

También queda el cansancio.

Y, por qué no decirlo, alguna cosa que sabes que la próxima vez harías de otra manera.

Todo eso forma parte del evento.

Incluso aquello que no salió exactamente como estaba previsto.

Un evento también se mide por lo que queda cuando ya no queda nada montado.

ÁGREDA, LA BODA Y LA VIDA REAL

En las últimas semanas he vivido dos finales muy diferentes.

Por un lado, un catering para 800 personas en Ágreda.

Horas de trabajo, coordinación, equipo y después ese momento inevitable en el que todo termina y toca recoger.

Y pocos días después, nuestra boda.

También terminó. También hubo que recoger. También llegó el silencio.

Pero esta vez había algo diferente.

Era nuestra.

Y al día siguiente, cuando bajamos a la lonja pensando que todavía quedaban cosas por recoger, descubrimos que Lucía, ya la había dejado limpia.

Me hizo pensar.

Porque hay gestos que no aparecen en ningún presupuesto.

LO QUE NO SE PUEDE PRESUPUESTAR

Hay cosas que tienen un valor enorme y que nunca aparecen como una partida económica.

Una persona que se queda hasta el final.

Alguien que resuelve un problema sin necesidad de contártelo.

Un compañero que se implica más allá de lo que le corresponde.

Un proveedor que tiene un detalle.

Un cliente que te escribe después para darte las gracias.

Un equipo que termina agotado y, aun así, sabe que ha merecido la pena.

Y también esos pequeños gestos que ocurren cuando ya no queda público.

Como encontrar la lonja limpia después de tu propia boda.

No estaba en el programa.

No formaba parte de la planificación.

Pero forma parte del recuerdo.

“Hay cosas que no aparecen en un presupuesto, pero terminan siendo parte de lo que recuerdas.”

¿Y AHORA QUÉ?

Creo que esta es una de las partes más extrañas de organizar eventos.

Durante días, semanas o meses tienes algo delante.

Una fecha. Un objetivo. Una lista. Un equipo. Decisiones que tomar.

Y de repente llega. Sucede. Termina. Y desaparece.

Durante un rato incluso puede aparecer una sensación extraña de vacío.

¿Y ahora qué?

Supongo que es normal.

Has estado concentrando mucha energía en algo y, de repente, ya no está.

Con los años he aprendido que no hay que llenar inmediatamente ese espacio.

A veces simplemente hay que descansar.

Mirar atrás.

Y dejar que la experiencia se coloque en su sitio.

Durante mucho tiempo he pensado que un evento se medía por cómo había salido.

Si había funcionado. Si el público había disfrutado. Si el cliente estaba contento.

Si el equipo había respondido. 

Ahora creo que hay otra medida.

Qué queda cuando termina.

Qué recuerdas. Qué recuerdan los demás. Qué aprendiste. Qué personas estuvieron. Qué conversaciones permanecen. Qué gesto inesperado te llevas a casa. Porque las mesas se desmontan. 

Las luces se apagan. El escenario desaparece. Los invitados vuelven a sus casas.

Y nosotros también.

Pero no todo desaparece.

Quizá un buen evento no sea el que permanece montado durante más tiempo.

Quizá sea el que permanece en la memoria cuando ya no queda nada montado.

Lo que me quedo de este evento

Que el final también forma parte de la experiencia.

No todo termina cuando se va el último invitado.

Queda el equipo.

Queda el cansancio.

Queda lo aprendido.

Quedan las historias.

Quedan los pequeños gestos que nadie había previsto.

Y queda esa sensación de haber formado parte de algo que, aunque haya durado unas horas, puede quedarse mucho más tiempo.

Porque organizar eventos también es aprender a despedirse de ellos.