Cuando aprendí que no podía gustar a todo el mundo
Durante años pensé que si trabajaba lo suficiente conseguiría que todos los clientes quedaran satisfechos. La realidad me enseñó algo muy diferente.
Hay aprendizajes que llegan una vez y se quedan para siempre.
Y hay otros que tienes que aprender una y otra vez.
Aceptar que no puedo gustar a todo el mundo pertenece claramente al segundo grupo.
No es algo que haya descubierto después de 22 años organizando eventos. Lo he vivido muchas veces. Probablemente demasiadas.
Pero la experiencia y la madurez sí me han enseñado a entenderlo de otra manera.
Porque cuando empiezas, cada crítica se siente como un cuestionamiento personal. Como si todo el trabajo realizado desapareciera de golpe y únicamente quedara aquello que no salió como alguien esperaba.
Con el tiempo descubres que las cosas son bastante más complejas.
Cuando el problema no es el trabajo realizado
Una de las situaciones más difíciles de gestionar ocurre cuando has hecho bien tu trabajo y, aun así, alguien no queda satisfecho.
A veces sucede porque las expectativas del cliente eran diferentes a las que se habían planteado inicialmente.
Otras veces porque existen factores externos que nadie puede controlar.
Y en ocasiones porque simplemente hay personas que interpretan una misma situación de manera completamente distinta.
Durante años intenté buscar siempre qué había hecho mal.
Y ojo, muchas veces sí había errores que corregir.
Pero otras veces no era una cuestión de hacerlo mejor.
Era simplemente una cuestión de expectativas.
No siempre fracasa el trabajo. A veces fracasa la percepción sobre el resultado.
Explicar no siempre significa convencer
Algo que he comprobado muchas veces es que hay clientes que quieren entender el porqué de las decisiones.
Escuchan, preguntan, participan en el proceso. Y aunque surjan problemas, suelen comprender mejor las circunstancias.
Pero también existen situaciones en las que las explicaciones no cambian nada.
Puedes explicar por qué se tomó una decisión. Puedes justificar cada paso. Puedes mostrar alternativas.
Y aun así, la otra persona seguirá pensando que debería haberse hecho de otra manera.
Antes eso me generaba una enorme frustración. Hoy sigo sintiéndola, porque sería mentira decir que me da igual.
Pero ya no intento convencer a todo el mundo.
He aprendido que no siempre es posible.
«La madurez profesional no consiste en dejar de sufrir las críticas. Consiste en entender que no todas significan que hayas hecho mal tu trabajo.»
Cuando el trabajo se convierte en algo personal
Quizás esta parte suene un poco cursi.
Pero después de tantos años sigo viviendo cada proyecto con la misma pasión.
No sé trabajar de otra manera.
Cuando organizo un evento no entrego solamente horas de trabajo.
Entrego experiencia.
Entrego responsabilidad.
Entrego preocupación.
Entrego muchas noches pensando en detalles que probablemente nadie verá.
Por eso cuando un cliente no queda satisfecho, duele.
Y creo que es normal que duela.
Lo importante es que esa decepción no termine definiendo tu valor profesional.
Porque si algo me han enseñado estos años es que un evento, una opinión o una crítica aislada no pueden resumir todo el trabajo realizado durante una trayectoria completa.
Después de 22 años organizando eventos sigo queriendo que todos los clientes queden satisfechos.
Sigo intentando dar lo mejor de mí en cada proyecto.
Y sigo sintiendo esa pequeña punzada cuando algo no sale como esperaba o cuando alguien se marcha con una percepción diferente a la que me habría gustado.
La diferencia es que ahora entiendo algo que antes me costaba aceptar.
No puedo controlar lo que cada persona espera.
No puedo controlar cómo interpreta cada decisión.
No puedo gustar a todo el mundo.
Y curiosamente, fue cuando dejé de luchar contra esa realidad cuando empecé a disfrutar más de mi trabajo.
Porque si algo me han enseñado estos años es que un evento, una opinión o una crítica aislada no pueden resumir todo el trabajo realizado durante una trayectoria completa.
