Los errores que más me han enseñado

Ningún manual me ha enseñado tanto como los errores que he cometido organizando eventos.

Si alguien me preguntara cuál ha sido mi mejor escuela durante estos años organizando eventos, no hablaría de ningún curso ni de ningún libro.

Hablaría de los errores.

Porque cuando todo sale bien, disfrutas.

Pero cuando algo no sale como esperabas, aprendes.

Y muchas veces ese aprendizaje vale mucho más que cualquier éxito.

Durante años intenté evitarlos todos.

Hoy sigo intentando que no ocurran, claro.

Pero ya no les tengo el mismo miedo.

Porque sé que cada uno de ellos ha cambiado mi manera de trabajar.

El problema no es equivocarse. El problema es repetir el mismo error dos veces.

Los errores no siempre son grandes

Cuando pensamos en errores imaginamos grandes desastres.

Pero la mayoría de los que realmente dejan huella son pequeños.

Una llamada que hiciste demasiado tarde.

Un detalle que dabas por confirmado.

Una conversación que pospusiste.

Un proveedor al que no volviste a llamar porque estabas convencida de que todo estaba cerrado.

Con el tiempo descubres que los grandes problemas suelen empezar con pequeños descuidos.

Y que la experiencia consiste precisamente en aprender a detectarlos antes.

El día que descubrí el poder de una papelera

Si cierro los ojos, todavía me acuerdo de uno de los primeros eventos grandes que organicé.
 
Era una entrega de premios para unas 400 personas.
 
Llevábamos semanas preparándolo todo. Había repasado el programa una y otra vez. El protocolo, el catering, la decoración, los tiempos… Estaba convencida de que lo tenía todo bajo control.
 
Hasta que empezó el evento.
 
De repente me di cuenta de dos cosas.
 
No había puesto papeleras.
 
Y tampoco había previsto los abridores para las botellas de vino.
 
Puede parecer una tontería.
 
Pero en ese momento me pareció un desastre.
 
Recuerdo la sensación de pensar: «¿Cómo he podido olvidarme de algo tan básico?»
 
Al final encontramos soluciones, como ocurre casi siempre en los eventos. El público apenas fue consciente de lo que estaba pasando, pero yo aprendí una lección que no he vuelto a olvidar.
 
Desde aquel día, las papeleras y los abridores forman parte de mi checklist mental antes de cada evento.
 
Y, curiosamente, cuando alguien me pregunta cómo se aprende a organizar eventos, siempre pienso en aquella entrega de premios.
 
Porque la experiencia no consiste en no equivocarse.
 
Consiste en que un error solo tenga que enseñarte una vez.
Con los años he aprendido que siempre conviene tener un Plan B… y, algunas veces, también un Plan C.

Los errores que más me cambiaron

Curiosamente, los errores que más recuerdo no fueron los más grandes.

Fueron aquellos que cambiaron mi forma de trabajar.

Aprendí a revisar una vez más. A confirmar por escrito. A no dar nada por supuesto. A preparar alternativas. A dejar margen para los imprevistos.

Y, sobre todo, aprendí a no buscar culpables.

Porque en un evento la energía debe ponerse en solucionar.

No en señalar.

La experiencia no consiste en cometer menos errores. Consiste en recuperarte antes cuando aparecen.

El error más grande

Si tuviera que elegir el mayor error que he cometido durante estos años, probablemente no sería un fallo de organización.

Sería creer que tenía que hacerlo todo perfecto. Esa presión pesa.

Hace que disfrutes menos. 

Y, paradójicamente, aumenta las posibilidades de equivocarte.

Con el tiempo entendí que organizar eventos no consiste en ser infalible.

Consiste en estar preparada para reaccionar.

Hoy sigo revisándolo todo. Sigo haciendo listas. Sigo adelantándome a los problemas.

Pero ya no busco la perfección. Busco que las personas disfruten.

Y que, si algo cambia, sepamos responder con calma.

Mi mejor profesor

Con mi experiencia puedo decir que los errores nunca fueron mis enemigos.
 
Fueron los profesores más exigentes que he tenido.
 
Gracias a ellos hoy organizo mejor.
 
Pero, sobre todo, disfruto mucho más del camino.

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