Ningún manual me ha enseñado tanto como los errores que he cometido organizando eventos.
Si alguien me preguntara cuál ha sido mi mejor escuela durante estos años organizando eventos, no hablaría de ningún curso ni de ningún libro.
Hablaría de los errores.
Porque cuando todo sale bien, disfrutas.
Pero cuando algo no sale como esperabas, aprendes.
Y muchas veces ese aprendizaje vale mucho más que cualquier éxito.
Durante años intenté evitarlos todos.
Hoy sigo intentando que no ocurran, claro.
Pero ya no les tengo el mismo miedo.
Porque sé que cada uno de ellos ha cambiado mi manera de trabajar.
El problema no es equivocarse. El problema es repetir el mismo error dos veces.
Los errores no siempre son grandes
Cuando pensamos en errores imaginamos grandes desastres.
Pero la mayoría de los que realmente dejan huella son pequeños.
Una llamada que hiciste demasiado tarde.
Un detalle que dabas por confirmado.
Una conversación que pospusiste.
Un proveedor al que no volviste a llamar porque estabas convencida de que todo estaba cerrado.
Con el tiempo descubres que los grandes problemas suelen empezar con pequeños descuidos.
Y que la experiencia consiste precisamente en aprender a detectarlos antes.
El día que descubrí el poder de una papelera
Con los años he aprendido que siempre conviene tener un Plan B… y, algunas veces, también un Plan C.
Los errores que más me cambiaron
Curiosamente, los errores que más recuerdo no fueron los más grandes.
Fueron aquellos que cambiaron mi forma de trabajar.
Aprendí a revisar una vez más. A confirmar por escrito. A no dar nada por supuesto. A preparar alternativas. A dejar margen para los imprevistos.
Y, sobre todo, aprendí a no buscar culpables.
Porque en un evento la energía debe ponerse en solucionar.
No en señalar.
La experiencia no consiste en cometer menos errores. Consiste en recuperarte antes cuando aparecen.
El error más grande
Si tuviera que elegir el mayor error que he cometido durante estos años, probablemente no sería un fallo de organización.
Sería creer que tenía que hacerlo todo perfecto. Esa presión pesa.
Hace que disfrutes menos.
Y, paradójicamente, aumenta las posibilidades de equivocarte.
Con el tiempo entendí que organizar eventos no consiste en ser infalible.
Consiste en estar preparada para reaccionar.
Hoy sigo revisándolo todo. Sigo haciendo listas. Sigo adelantándome a los problemas.
Pero ya no busco la perfección. Busco que las personas disfruten.
Y que, si algo cambia, sepamos responder con calma.
