La creatividad no se estudia. Se cultiva.

Ayer fue uno de esos días que justifican los nervios de las semanas anteriores.

Hoy estoy agotada. Pero también estoy orgullosa.

El evento de Marzola salió adelante y, cuando pienso en todo lo que había detrás, me doy cuenta de que hay algo que ninguna planificación puede darte por sí sola: la capacidad de encontrar soluciones cuando las cosas cambian.

Eso, para mí, también es creatividad.

No hablo de tener una idea brillante sentada delante de una libreta. Hablo de llevar 22 años organizando eventos y haber aprendido que, muchas veces, las mejores decisiones aparecen cuando ya estás dentro del problema.

Una decisión que cambió mi día

Una de las decisiones que tomé sobre la marcha fue ceder a Edu el control de la cocina central.

Podría haber intentado estar pendiente de todo, como tantas veces hacemos quienes organizamos eventos. Pero sabía que, para que aquello funcionara, yo tenía que concentrarme en la parte visible: las estaciones gastronómicas, la coordinación de proveedores y del equipo de trabajo y todo lo que estaba sucediendo alrededor.

Delegar también es creatividad.

Es mirar el conjunto y decidir dónde eres más necesaria en ese momento.

Y funcionó.

El evento estaba en los detalles

Una de las cosas que mejor salió fue precisamente el conjunto.

Las estaciones gastronómicas tenían diferentes opciones y también alternativas para personas con intolerancias. Había que conseguir que todo tuviera sentido, que funcionara y que además el invitado pudiera disfrutarlo sin percibir toda la maquinaria que había detrás.

Y entonces ocurrió algo que, después de tantos años, sigue teniendo un valor enorme para mí.

Los directivos de la empresa me miraron, levantaron el dedo haciendo el gesto de “todo OK” y sonrieron.

No hizo falta más.

Después llegaron las enhorabuenas de los asistentes. Una detrás de otra.

Y me sorprendió especialmente la vermutería. No tanto por el vermut, sino por las gildas y aquellas patatas aliñadas con mejillones y anchoas que terminaron convirtiéndose en protagonistas.

Eso también forma parte de organizar eventos: puedes imaginar qué va a gustar, pero luego es el público quien escribe el último capítulo.

El dron que no podía volar

El viernes, el día antes del evento, descubrimos que el dron no podía volar porque estábamos en una zona restringida militar.

Perfecto.

Justo el tipo de problema que quieres descubrir cuando todo debería estar prácticamente cerrado.

Pero ahí entran los años de experiencia, los contactos y, sobre todo, la capacidad de no quedarse bloqueada.

Moví contactos y encontré una solución.

No fue una gran idea creativa. Fue algo mucho más útil: buscar otra manera de conseguir lo que necesitábamos.

Y también nos olvidamos de algo

Porque un evento perfecto no existe.

Nos olvidamos de colocar unos números gigantes de corcho que habíamos preparado.

Lo curioso es que nadie se enteró.

Eran una sorpresa y, al no estar colocados, simplemente la sorpresa desapareció.

Solo alguien que organiza eventos entiende perfectamente esa mezcla de risa, alivio y pensamiento de “menos mal que nadie sabía que tenía que estar ahí”.

Y los timings.

Los cambiaría.

Estaban demasiado ajustados y, aunque todo salió, sé que podría haber dejado algo más de margen.

Porque también crecer profesionalmente consiste en mirar lo que ha funcionado y preguntarte qué harías diferente la próxima vez.

Lo que me llevo de Marzola

Este evento no ha sido uno más. Tiene nombre y apellidos: Marzola, Marrodán y Rezola. Se ha convertido en mi rutina de los últimos siete meses.

Reuniones semanales con la persona responsable del proyecto, diseño de creatividades, de actividades,…

Y todo esto en un momento personal en el que estaba encontrando mi lugar, recolocándome profesionalmente y lidiando con el día a día de la empresa en verano.

Pero, ha sido como la guinda del pastel a una temporada increíble de eventos.

Si tuviera que repetir algo exactamente igual, sería el equipo.

Casi todos eran nuevos y, aun así, lo dieron todo.

Eso me hizo pensar que la experiencia importa, muchísimo. Pero también importa la actitud, la capacidad de aprender y las ganas de que las cosas salgan bien.

Y ayer, cuando veía todo aquello funcionando, hubo un momento en el que pensé:

“Esto lo he creado yo.”

No sola, por supuesto.

Pero sí desde una idea, muchas horas de trabajo, decisiones, contactos, problemas, cambios y personas coordinadas para conseguir que, durante unas horas, todo pareciera fácil.

Quizá por eso sigo creyendo que la creatividad no se estudia.

Se cultiva.

Se cultiva observando, aprendiendo, equivocándote, preguntando, estudiando marketing, mirando publicidad, escuchando a otras personas y, sobre todo, haciendo.

Después de 22 años organizando eventos, sigo aprendiendo cada día, de cada evento, de cada clientes, de cada proveedor, de cada empleado.

Y creo que precisamente ahí está una de las mejores partes de crecer profesionalmente.

“La creatividad aparece muchas veces cuando el plan deja de funcionar.”

 

Marzola me ha recordado algo importante:
la experiencia no elimina los problemas.
Te da más recursos para resolverlos.

Y quizá eso sea una de las formas más bonitas de crecer profesionalmente.